La meditación es la práctica del desapego a nuestros pensamientos y emociones. A través de ella buscamos la experiencia de convertirnos en el observador de esos pensamientos, de esas emociones para descubrir que son relativos: el verdadero “Ser” inmutable es el observador, no lo observado.

Emociones: indicador interno para vivir

Las emociones nos informan de cómo va nuestra vida, de si estamos satisfaciendo nuestras metas y necesidades o las estamos frustrando, de cómo marchan nuestras relaciones. Son señales. Por ejemplo, la tristeza nos dice que hemos perdido algo importante. La dicha que estamos satisfaciendo nuestras necesidades o alcanzando nuestras metas.

Necesitamos ser conscientes de nuestras emociones y escucharlas. Darles permiso para informarnos de que está sucediendo en nuestras vidas y en nuestras relaciones.

Cómo nos informan las emociones

Nuestras emociones realizan una primera evaluación de los sucesos desde el punto de vista de nuestro bienestar. Nos avisan de que algo pasa. Por ejemplo, estoy escribiendo en mi ordenador y se queda bloqueado, me asusto. Ese miedo es cómo cuando la luz roja se enciende en la parte de arriba de la pantalla. ¿Qué función tiene esa luz roja encendida? Avisarme de que el ordenador se va a apagar.

Y entonces, puedo involucrarme en un segundo nivel de evaluación, dónde ya entra en juego mi mente racional. Paro de escribir y miro a ver qué pasa. Y en función de esta segunda evaluación, decido si sigo escribiendo o lo pongo a cargar.

 “La evaluación del primer nivel no está disponible para el cerebro racional. Es una evaluación rápida, instantánea, instintiva. Esto es lo que nos aporta la emoción” (L.G.). Se bloquea y me asusto, sin que haya habido todavía ningún pensamiento de por medio. La emoción de miedo me avisa de que hay un peligro. Y esto es útil para mi bienestar. Me ayuda a vivir, a adaptarme a las circunstancias. La emoción me dice dónde está el problema y me motiva para solucionarlo.

¿Qué pasa cuando meditamos?

Cuando meditamos ponemos a un lado todo aquello que es accidental en nosotros mismos, nos hacemos uno con la quietud, la serenidad y tocamos así a nuestro ser trascendental, nos damos cuenta, aunque sea por instantes, de que somos esa esencia.
La experiencia repetida de esos instantes empieza a irradiar en nuestra vida cotidiana, a lo largo de distintos momentos y adquirimos la capacidad de distinguir lo trascendente de aquello que no lo es.

Su propósito es pacificar y calmar la mente. Si mantenemos una mente apacible, no tendremos preocupaciones ni angustias y disfrutaremos de verdadera felicidad; pero si nuestra mente no está calmada, no conseguiremos sentirnos felices, aunque estemos rodeados de las mejores condiciones. Si nos adiestramos en la meditación, iremos descubriendo en nuestro interior una paz y una serenidad cada vez mayores y disfrutaremos de una forma de felicidad que se irá volviendo más pura. Finalmente, nos sentiremos siempre dichosos, incluso ante las situaciones más adversas.
Al igual que un globo suelto en el aire se zarandea de un lado a otro al capricho del viento, nuestra mente se tambalea inestable a merced de las circunstancias externas. Si las cosas nos van bien nos sentimos felices, pero si nos van mal de inmediato nos sentimos incómodos.

Tales cambios de humor surgen porque nos involucramos en demasía con las situaciones externas. Somos como niños que al construir un castillo de arena en la playa, se llenan de excitación; pero cuando las olas lo destruyen se ponen a llorar. Por medio de la meditación aprendemos a crear un espacio en nuestro interior y una flexibilidad y claridad mentales que nos permiten controlar nuestra mente sin vernos afectados por los cambios de las circunstancias externas. De manera gradual, desarrollamos una estabilidad mental, un equilibrio interior que nos permite estar siempre felices, en vez de oscilar entre los extremos de la euforia y el desaliento.

El cerebro emocional

Sin embargo, las evaluaciones del cerebro emocional son tan rápidas que a veces son equívocas. Por eso es bueno involucrarnos en ese segundo nivel de evaluación dónde ya intervine la mente analítica. Y luego dar nuestra respuesta al mensaje, expresar la herida descubierta o tomar acción para corregir la situación. El pensamiento puede poner la emoción en perspectiva, darle sentido y ayudarnos a poner remedio. Integrando corazón y razón, podremos dar una respuesta más sabia. En vez de reprimir la emoción o intentar “controlarla” hace falta que aprendamos a escucharla y gestionarla y, para ello, es necesario integrar pensamiento y emoción.

Necesitamos diferenciar cuando las emociones son saludables y contribuyen a crear una vida más plena y cuando no. Cuando una emoción es adaptativa y cuando no. Por ejemplo, el enfado frente a esa persona que me violenta puede ser una emoción adaptativa, puede ayudarme a emitir el mensaje de que estoy dispuesta a poner límites. Una reacción exagerada de enfado frente a una situación presente, basada en una historia pasada no resuelta, es desadaptativa. No me ayuda a vivir mejor mi presente. Al contrario, me está dificultando vivir mi presente, que se ve condicionado por esa carga emocional no resuelta que viene del pasado.

Así que necesitamos discriminar entre emociones que son guías adaptativas para la acción y otras que no lo son. Como decía antes, el cerebro emocional a veces se equivoca. Tendemos a creer que lo que pensamos es verdad, sin embargo, nos montamos “películas” en nuestra cabeza, nos contamos historias que no son reales, tenemos creencias limitantes… Nuestro sistema cognitivo también falla a veces. Y del mismo modo que no todo pensamiento es necesariamente lógico, no todas las emociones son necesariamente sabias.

¿Qué hacer?

Ahora que sabemos que los pensamientos a veces nos engañan y que las emociones a veces no son adaptativas, ¿qué hacer? ¿Cómo nos liberamos? Nos liberamos calmándonos, centrándonos, tomando la posición de espectador. Observando nuestros pensamientos y emociones sin juzgarlos. Y, luego, soltando… Soltando emociones y desidentificándonos del pensamiento que hemos detectado que no es verdad.

Me pongo en equilibrio (me calmo, me centro). Y desde ese equilibrio, ya miro de otra manera (observo) y ya no reacciono automáticamente. Es como si llevara las gafas sucias, no veo. Si me las limpio, ya veo bien.

Y cuando entrenamos ese proceso, podemos empezar a darnos cuenta de que el verdadero origen de nuestras reacciones emocionales no está en lo que ocurre en el exterior, sino en nuestro interior.

Si la reacción que se produce en automático es buena para nosotros, nos ayuda a vivir en nuestro entorno (es una respuesta adaptativa), genial. Si la reacción que se produce en automático, es perjudicial, nos dificulta vivir en nuestro entorno, necesitaremos pararnos a poner consciencia y ver que está pasando ahí.

Si nos adiestramos en la meditación con regularidad, llegará un día en que seremos capaces de erradicar las perturbaciones mentales, que son las causas de todos nuestros problemas y sufrimiento. De este modo llegaremos a disfrutar de la paz interna permanente, conocida como “la liberación” o “el nirvana”. A partir de entonces, día y noche, vida tras vida, sólo experimentaremos paz y felicidad.

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